HIERRO negro que duerme, fierro negro
que gime
por cada poro un grito de desconsolación.
Las cenizas ardidas sobre
la tierra triste,
los caldos en que el bronce derritió su dolor.
Aves de qué lejano país
desventurado
graznaron en la noche dolorosa y sin fin?
Y el grito se me crispa como
un nervio enroscado
o como la cuerda rota de un violín.
Cada máquina tiene una
pupila abierta
para mirarme a mí.
En las paredes cuelgan las
interrogaciones,
florece en las bigornias el alma de los bronces
y hay un temblor de pasos en los cuartos desiertos.
Y entre
la noche negra —desesperadas—- corren
y sollozan las almas de los obreros muertos.
[Pablo Neruda]
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